Bogotá y el nuevo POT

En el nuevo Plan de Ordenamiento Territorial, POT, es imprescindible plantear un modelo de ciudad sustentable, además de una ciudad que considere, de la mano de la participación de sus habitantes, variables como la valoración del territorio, la actividad económica que sustenta y las transformaciones necesarias y viables ante temas como la necesidad de vivienda y de formas de movilidad limpias.

Una visión regional es fundamental para lograr esos resultados. Es una combinación difícil pero necesaria. Algunas de las razones para la movilización ciudadana que vivimos hoy son, precisamente, el tomar decisiones sin tener en cuenta a la población y pasar de agache frente a los desafíos y el giro de visión que implica el cambio climático. Esas mismas razones son las que generaron el profundo descontento dentro de sectores muy amplios de la ciudad ante la propuesta de POT que presentó la Administración Peñalosa.

Además de tener que ajustar variables y bases técnicas fundamentales como los datos de población que terminarán mostrando cuál es el número de hogares actual y proyectado y, por tanto, cuál es la necesidad real de vivienda en la ciudad, el nuevo POT debería seguir dándole la importancia requerida a la Estructura Ecológica Principal conformada, por ejemplo, por los cerros orientales, el Río Bogotá o el Páramo de Sumapaz. Para empezar, debería seguir siendo un capítulo independiente dentro del Plan y no estar en conjunto con temas como el espacio público, como se propuso en la pasada alcaldía.

Qué se permita hacer y qué no en esa Estructura Ecológica es una decisión trascendental. Como lo ha definido ya la normatividad nacional esta estructura está conformada por los elementos que ayudan a preservar, restaurar y dar un manejo sostenible a los recursos naturales con los que contamos y que dan el soporte al ecosistema. En síntesis, permite conservar a futuro el territorio que habitamos.

Permitir el turismo masivo y la recreación activa, como se propuso, iba en contravía de esas funciones de sustentabilidad. También eran inciertas las consecuencias de permitir actividades comerciales, construcción de oficinas administrativas, parqueaderos o la extracción de semillas, cortezas y resinas en lugares como los Cerros Orientales.

Es cierto que la ciudad tiene un déficit importante de espacio público y zonas muy densas con una mala calidad urbanística, pero esa no puede ser una excusa para afectar activos ambientales valiosos para el futuro de esta ciudad con actividades invasivas y destructivas; tampoco puede ser un argumento para endurecer la superficie de esos lugares. Esto lleva a otro tema, al tipo de espacio público que se debe generar de la mano del nuevo POT.

No basta con generar espacio público. Ese espacio debe ser preferiblemente verde para ayudar a reconectar la Estructura Ecológica Principal y conservar y restablecer parte de la biodiversidad de la Sabana. Lo que proponía el proyecto de Peñalosa era “aprovechar” la estructura ambiental para aumentar el espacio público, su visión antropocéntrica atentó contra los valores ambientales que deben ser prioridad para enfrentar el cambio climático que atenta contra la existencia humana.

El nuevo plan debe tener una visión más moderna. Debe considerar que la humanidad no es el centro de todo sino parte de una compleja red de sistemas y de seres vivos que debe conservarse. El desarrollo debe incorporar la sustentabilidad para ser viable. Por eso no basta con hacer una cantidad de canchas sintéticas talando árboles y endureciendo zonas verdes para que la gente sea más “feliz”, en el contexto de un concepto subjetivo de felicidad, que justificó una política arrasadora con el ambiente.

La importancia de la conservación de activos ambientales y de la sustentabilidad fue incluso reconocida por el Foro Económico Mundial que en su manifiesto de Davos de 2020 incluyó, dentro de los propósitos universales de las empresas, no sólo la responsabilidad de responder a clientes y accionistas, sino la de proteger el ambiente para las generaciones futuras, promover la economía circular y, en general, desarrollar su actividad productiva teniendo de presente objetivos ambientales muy valiosos hoy para la humanidad. Si esto se reconoce como pilar para la actividad privada, mucho más debe valorarse en el ámbito de las decisiones públicas.